México ya ha sido mejor que Dinamarca

 México ya ha sido mejor que Dinamarca

Bernardo Naranjo
Últimamente nuestros políticos debaten sobre el México que queremos y el que podemos ser. Uno de ellos, el presidente de la República, nos ha prometido que en cosa de meses estaremos como Dinamarca en cuanto a sistema de salud se refiere. Independientemente de la poca sensatez de tal afirmación, ¿Por qué algunas personas ven a los países nórdicos como referente y no buscan los referentes que tenemos, o hemos tenido ya, en México?
Yo tuve la fortuna de crecer en un México que era mejor que Dinamarca. Así como se oye. En los años sesenta, mis padres pudieron adquirir una casa pequeña en el extremo norte de la Ciudad de México, en los rumbos de un Naucalpan que se llenaba de familias jóvenes provenientes de todo el país. La estabilidad económica y las bajísimas tasas de interés hicieron posible que el dinero de la familia, que en lugares más cercanos a la ciudad hubiera logrado cubrir el enganche de un departamento modesto por los rumbos de Viaducto, alcanzara mejor para dar el enganche de una casa en Lomas Verdes, que entonces era el último rincón de la zona conurbada. Como en Dinamarca, ahí las calles estaban bien trazadas y limpias, tenían cableado subterráneo y jardines comunales. La convivencia vecinal era normalmente respetuosa, sana y abundante.
Los principales servicios públicos eran realmente buenos. Mis hermanos y yo nacimos en el IMSS, y yo debí ser atendido de emergencia varias veces ahí por crisis de asma. Durante toda mi niñez y adolescencia, mi padecimiento me hizo visitante frecuente de la Unidad Cuauhtémoc de esa institución, en donde siempre me atendían los doctores Salas y DuPont, nuestros médicos familiares. Siempre serios y amables, su servicio era sumamente profesional, como en Dinamarca (supongo).
La educación también funcionó muy bien. Todos fuimos a la primaria pública que estaba a dos cuadras de casa. Hoy mi labor profesional me ha llevado a visitar escuelas en muchos países desarrollados, y me doy cuenta de que mi escuela no tenía nada que envidiarles. Muy buenos maestros, instalaciones austeras pero dignas y la Maestra Caritina Reynoso, directora de la escuela durante casi 50 años, con un liderazgo extraordinario que aseguraba un ambiente de trabajo y respeto que se tradujo en calidad y sano crecimiento. Fuimos luego a la secundaria y a la prepa más cercanas, también públicas. En mi caso, pude después ir a una universidad privada, gracias a una beca de la SEP, y a universidades en el extranjero, con el apoyo invaluable del CONACYT. Tanto en salud como en educación, dependimos enteramente de instituciones públicas de muy buen nivel, a las que solo puedo tenerles la mayor gratitud.
¿La seguridad? Las calles eran nuestras. Íbamos en bicicleta a todas partes, con el único límite que era nuestro cansancio. Y luego en camión o Metro a visitar cualquier lugar de la Ciudad. Cuando finalmente uno de mis amigos tuvo automóvil, los que cabíamos íbamos a pasear por los lugares cercanos. Y luego aventurarnos a pueblear por Michoacán, Jalisco, Veracruz….viajar de noche en aquel entonces tenía otros riesgos: no encontrar habitación en los hoteles más económicos o, peor aún, no hallar tacos, corundas o memelas para cenar en los puestos pueblerinos. No recuerdo haber sentido inseguridad en ninguna carretera en aquel entonces. Nunca.
¿Cómo fue posible todo eso? Entre los años 30 y 60 del Siglo XX, México tuvo gobiernos a veces buenos, a veces regulares. Había corrupción e ineficiencia en muchas partes, pero quienes dirigían las instituciones nacionales normalmente eran personas de muy buen perfil: tuvimos a Carrillo Flores y Ortiz Mena en la Secretaría de Hacienda; a Torres Bodet y Agustín Yáñez en Educación; a Walter Buchanan y Padilla Segura en Comunicaciones y Transportes; a Manuel Tello y García Robles en Relaciones Exteriores; a Serra Rojas y López Mateos en la Secretaría del Trabajo; a Uruchurtu como responsable del entonces Distrito Federal. Varios de ellos ocuparon también cargos internacionales del más alto nivel, aunque todos los mencionados hubieran podido hacerlo, pues tenían la estatura técnica y moral suficientes. Esos equipos lograron que México tuviera un “desarrollo estabilizador”, como le llamaban entonces: alto crecimiento económico con baja inflación. En el extranjero se referían a nosotros como el “Milagro Mexicano”. En mi caso, eso hizo posible que en solo dos generaciones mi familia viera una enorme transformación: mi abuelo paterno nació en el seno de una familia de peones agrícolas; a mí me tocó hacerlo en una clase media emergente que tuvo muy buenas oportunidades educativas y laborales.
El desarrollo económico y social del país se vio interrumpido por la inestabilidad política de fines de los años 60, lo que derivó en malas decisiones económicas en las décadas posteriores. Llegaron las crisis financieras recurrentes y se frenaron dramáticamente las posibilidades de ascenso social de las que nosotros nos beneficiamos por la combinación de esfuerzo, talento y suerte de nuestros padres y abuelos. La democratización del país, a partir de los 90, ha traído beneficios, pero también ha dado acceso al poder a muchas personas muy poco apropiadas. Hoy abundan los casos de políticos y funcionarios que ocupan un cargo público sin ninguna preparación, experiencia ni solvencia moral. Cada vez se extrañan más aquellos buenos perfiles entre los más altos funcionarios.
Yo he visitado Dinamarca. Es un país muy bonito, amable y seguro, en el que familias normalmente pequeñas viven en departamentos normalmente pequeños disfrutando de excelentes servicios públicos. Pero tienen limitaciones no menores: la comida dista de ser igual de buena o variada que la mexicana: no conocen muchas de las frutas que acá tenemos todos los días y ni qué decir de la ausencia total de chilaquiles, mole o tacos al pastor. Vaya, ni unos frijolitos con manteca. Tampoco son muy fiesteros y no tienen las comidas familiares que nos aventamos por acá. Beben mucha cerveza, pero es difícil obtener buen tequila o mezcal. Tienen algunos edificios muy bonitos, pero no tienen nuestras catedrales, pirámides y playas.
Por todo esto, yo no quiero vivir en Dinamarca. Mejor quiero que los políticos que nos gobiernan y los grupos criminales nos regresen nuestro país; que tengamos muchos servidores públicos 100% capaces y 100% honestos, pues gente valiosa hay por montones en México. Y hacer lo necesario para que, entre todos, logremos hacerlo cada vez más hermoso, pujante, seguro y amable, para que nuestros hijos puedan disfrutar muchas de las cosas que la incompetencia y la deshonestidad nos han arrebatado. No será pronto ni será fácil, pero México tiene todo para ser mejor que Dinamarca.
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