Beca universal, tragedia nacional
Beca universal, tragedia nacional
Bernardo
Naranjo
La
política educativa finalmente parece alcanzar una convergencia entre las
principales fuerzas políticas del país: una solución central a los retos que
enfrentan nuestras escuelas parece ser la de dar becas a todas y todos los
estudiantes. Eso, es lo que propusieron las principales candidatas como parte
central de su oferta educativa en el pasado debate entre aspirantes a la
Presidencia de la República. La única diferencia entre sus propuestas es que,
mientras Claudia Sheinbaum ofrece la beca solamente a los estudiantes de
escuelas públicas, Xóchitl Gálvez incluye también a los de las privadas. Hasta
ahora ninguna de ellas ha presentado evidencia de que estas acciones contribuyan
al incremento de la cobertura, a la disminución del abandono escolar o a la
mejora de la calidad; tampoco han hecho saber de dónde provendrían los muy
cuantiosos recursos que se requerirían para tales acciones. ¿Estamos ante un
consenso que asegura una mejora para la formación escolar de las y los
mexicanos, o sólo presenciamos un triunfo de la política electoral sobre la
política educativa?
Antes
de responder esta pregunta, debemos responder otras: ¿Es malo ayudar a las
familias con dinero para que puedan apoyar desde casa el desarrollo de sus
hijos? ¿No es esa una manera más eficaz de utilizar los recursos, en el
entendido de que madres y padres tendrán un mejor criterio que las burocracias
para utilizarlos a favor de los suyos? En algunos países, hay grupos
conservadores que defienden estas tesis. Pero no se trata de calificar o
descalificar una propuesta por su orientación ideológica; valorémosla mejor con
la evidencia disponible.
Ofrecer
un apoyo a las familias de todos los estudiantes sin distinguir su condición
económica tiene grandes inconvenientes. Aquí apuntamos tres: es una política regresiva
en términos de equidad; no necesariamente resuelve el problema educativo que
quiere resolver y; requiere de enormes recursos que deben sustraerse de otros
programas con mayor valor educativo.
Primero,
un apoyo universal favorece más a las familias de mayores ingresos. En 2019
comenzó a operar la Beca Universal para el Bienestar Benito Juárez de
Educación Media Superior, la cual sustituyó al esquema anterior de becas
de ese nivel, que en 2018 benefició a
1.9 millones de estudiantes. Según el Centro de Investigación
Económica y Presupuestaria (CIEP), entre 2018 y 2022 el crecimiento en el
número de becas de media superior —derivado
de su universalización—
benefició
a los adolescentes de mayores ingresos: se
triplicaron los beneficiaros del 30% de la población con mayor nivel
socioeconómico (deciles de ingreso VIII al X, donde el decil I es el más pobre
y X el más rico), en tanto que dejaron de recibirla más de 134 mil adolescentes
del 10% más pobre del país (decil I). Y lo anterior es muy lógico: cuando ya
hay una cuantiosa inversión en becas para familias pobres, los nuevos recursos
se orientarán a las personas con un mayor perfil socioeconómico que aún no
están cubiertas, pues el presupuesto actual ya cubre a las familias más
vulnerables. La misma situación prevalece en la educación básica, por lo que la
mayoría de los nuevos recursos irá a las familias más acomodadas.
En
un país con las enormes diferencias sociales y económicas como el nuestro, una distribución
igualitaria de recursos (dar lo mismo a todos) no es equitativa e incluso podría
ser ilegal. Al representar una medida regresiva en términos de la distribución
de oportunidades, contraviene el mandato de garantizar con equidad el derecho a
la educación que establece el Art. 4º Constitucional en su párrafo décimo sexto,
el cual ofrece un marco legal preciso para el diseño de programas de becas:
“El Estado establecerá un sistema de becas para las y los estudiantes de
todos los niveles escolares del sistema de educación pública, con prioridad a
las y los pertenecientes a las familias que se encuentren en condición de
pobreza, para garantizar con equidad el derecho a la educación.”
El segundo inconveniente tiene que
ver con la falta de evidencia de que este tipo de acciones efectivamente ayude a
niñas, niños y jóvenes a asegurar su asistencia escolar, disminuya el abandono
y/o eleve la calidad de su aprendizaje. Desde luego hay numerosos estudios que
hablan de las bondades de programas de becas cuando se ofrecen a la población
de bajos recursos. De hecho, el Programa de Becas de Educación Básica para el Bienestar
Benito Juárez sustituyó a otro, “Becas oportunidades”, que contaba con vasta
evidencia favorable. Puesto en marcha en México desde 1997, “Oportunidades”
condicionaba los recursos a la asistencia a la escuela y a los servicios de
salud. Por sus resultados, el mismo esquema ha sido utilizado en 52
países de América, África y Asia, lo que lo hace uno de los
programas educativos más replicados en el mundo. Hay que resaltar que no se trataba
de becas universales, sino de apoyos focalizados a las familias más pobres y
condicionados a la asistencia escolar.
¿Por qué no conocemos experiencias
exitosas de beca universal en otros países? ¿Por qué la UNESCO, la UNICEF, la OCDE
y las más prestigiadas instituciones de investigación educativa en el mundo no promueven
este tipo de acciones? De hecho, la evidencia en México habla de efectos
adversos de una beca universal para evitar el abandono escolar. Un antecedente
muy próximo es el programa “PrepaSí”, puesto en marcha en Ciudad de México en 2007,
que ofrecía una beca a todos los estudiantes de planteles públicos de educación
media superior. Fue la única entidad federativa en la que se puso en marcha una
medida de ese tipo. En el ciclo escolar 2006-07, la capital tenía una tasa de
abandono de 15.2% en este nivel educativo, lo que la ubicaba en la posición 12
entre las entidades con menor abandono del país. Diez años después de la
aplicación ininterrumpida de dicho programa, el abandono escolar en CDMX se
elevó a 20.6% lo que la ubicó en el lugar 32 del país:
la entidad federativa más próspera tuvo los peores resultados nacionales en abandono
escolar a pesar de contar con becas universales. La evidencia nos dice que la falta
de recursos es una causal importante de abandono entre las familias menos
favorecidas, pero también se requieren apoyos académicos y socioemocionales que
deben operar paralelamente a las becas, para los cuales ya no quedan recursos.
El
tercer inconveniente es el sacrificio de acciones educativas que será necesario
realizar para poder financiar la beca universal. Si ésta se cubriera
exclusivamente con dineros frescos que se agregan al presupuesto existente, el
programa al menos no afectaría a otros programas educativos. Pero la evidencia
reciente del Programa de Beca Universal para el Bienestar Benito Juárez
de Educación Media Superior nos dice que —en ese caso— solamente se trató de una reasignación del
presupuesto existente. De acuerdo con el Centro de Estudios de las Finanzas
Públicas (CEFP), órgano técnico y apartidista de la Cámara de Diputados, entre
2018 y 2020 el presupuesto educativo se mantuvo estable aun con la puesta en
marcha de dicha beca, que en 2020 requirió de recursos por 31.7
mil millones de pesos.
Fuente: Centro de Estudios de las Finanzas Públicas
Si fue posible echar a andar un
programa tan cuantioso sin incrementar el presupuesto total para educación, ¿de
qué rubros se sustrajeron los recursos para financiarlo? Uno de los programas
que mostró mayores recortes entre 2018 y 2024 fue el de “Desarrollo profesional
docente” (capacitación de maestras, maestros y directivos escolares en
servicio), con una reducción de ¡88 por ciento! en términos reales. Cabe apuntar
que el desarrollo profesional docente es, en mi opinión, el componente más importante
en todo proceso de mejora de la calidad, de manera que esta reducción condena
al sistema educativo a un estancamiento, cuando no a un franco retroceso de la
misma. Y qué decir de la desaparición del “Programa de escuelas de tiempo completo”,
que fue eliminado en su totalidad aun cuando se trataba de un programa evaluado
muy positivamente tanto por especialistas como por las familias.
Otros de los programas que atienden
a los mexicanos más pobres también vieron reducir sus recursos de manera
sustancial. Entre 2018 y 2024, el presupuesto para las escuelas comunitarias a
cargo del Consejo Nacional de Fomento Educativo (CONAFE), que atiende a las
comunidades más aisladas del país, disminuyó en 12.7% en términos reales; el
del Instituto Nacional de Educación para Adultos (INEA), responsable de
promover la alfabetización y la educación básica entre adultos que no cuentan
con ella, cayó en un 45% real. Se trata de decrementos presupuestales
históricos. Para incluir en el programa de becas a familias de clases medias y
altas, el gobierno le retiró recursos a las instituciones que atienden a los
más pobres, quienes recibirán una educación de menor calidad sin obtener ningún
beneficio adicional a lo que ya recibían. Lo anterior sólo profundiza el
carácter regresivo de las becas universales.
Si
todos los programas anteriores debieron sacrificarse para agregar un promedio
de $35 mil millones a los programas de becas cada año, ¿qué nos espera si
queremos financiar una beca universal de educación básica que debe agregar más
de 90 mil millones de pesos a lo ejercido en 2023? (107 mil millones si se incluyen estudiantes de escuelas
privadas, como lo propone Xóchitl Gálvez). Cualquiera de estas cantidades es superior
al presupuesto para construir el AIFA —la propuesta equivale a construir un nuevo
aeropuerto cada año—
y tendría que ser agregado anualmente al presupuesto. Con recursos limitados y un
déficit fiscal que ya no permite más deuda, las finanzas educativas quedarían
secuestradas: los gobiernos se dedicarían a buscar presupuesto, no para
invertirlo en programas que fortalecieran a las instituciones educativas, sino
para debilitarlas mediante la sustracción masiva de recursos para financiar las
becas.
En
suma, las principales candidatas a la Presidencia proponen programas regresivos
en término de equidad, sin evidencia de éxito, y de un altísimo costo que atenta
contra el presupuesto de todos los demás programas educativos. Ello hará perder
la oportunidad de atender los enormes desequilibrios actuales y perpetuará las diferencias
existentes: la beca universal no necesariamente disminuye el abandono escolar, pero
tampoco ayuda a los 5.3 millones de personas de 3 a 17 años que según el Censo
de Población y Vivienda 2020 del INEGI no asisten a la escuela; ni tiene un
efecto en el aprendizaje en un país en donde dos tercios de las personas
concluyen la educación media superior sin un nivel mínimo aceptable de
aprendizajes; ni atiende las necesidades socioemocionales de docentes y
estudiantes. Todo por un apoyo que disfrutarán más las familias favorecidas y
los políticos, y que terminarán pagando los más pobres.
Si
buscamos promover la equidad en la educación, ¿por qué no mejor proponer un
programa histórico que no abarque a las familias más favorecidas, pero que multiplique
su monto para las más pobres y ofrezca un apoyo más integral? (uniforme, útiles
escolares, transporte); ¿por qué no reforzar los apoyos académicos a las
escuelas de menor rendimiento académico o nivel socioeconómico, para abonar a
la equidad por la vía de la calidad? Tenemos que incrementar sensiblemente la capacitación
docente; fortalecer la gestión y la supervisión escolares; distribuir cada vez
mejores materiales de apoyo para docentes y alumnos; y asegurar el equipamiento
básico en cada escuela, por citar algunas acciones claramente necesarias. Ha
habido ya experiencias muy positivas en estos temas en varios estados del país ,
—Aguascalientes en los años 90, Colima en los 00; Durango, Puebla, Sonora y
Jalisco en la década pasada, por citar algunos casos— los cuales han logrado muy
buenos resultados con recursos mucho menores a los que requieren las becas
universales. Hay que ponerse a trabajar: necesitamos concentrar los recursos ahí
donde la escuela debe compensar las desventajas económicas, culturales y
sociales de las familias más pobres. Así podremos obtener mucho mejores
resultados en esas escuelas y en todo el sistema educativo. Esa sí sería una
verdadera transformación a favor de la equidad y la calidad.
Bernardo Naranjo es investigador y asesor educativo. Dirige Proyecto Educativo SC y codirige SEE Learning México
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